18.12.11

Abrochadora de le chien

 Teníamos una resma que abrochar. La idea era ir bien provistos de ejemplares al festival increíble que fue ayer.


 Mientras estábamos en eso, notamos que algunos juegos de copias venían más claros y otros más oscuros. Esto afectaba principalmente a la viñeta donde el chobi invita a Lu a ver "Amelie". Pensamos que quizá debería haberla invitado a ver "Juno" que garpa más. Igual, eso no importa mucho ahora.


 Que pín que pán, la resma iba bajando, transmutando en frescos fanzines para ser pródigamente regalados sin ánimo de lucro, ni de molestar a la gente con publicidad. Un hombre calvo de remera naranja dijo muchas palabras sobre el arte, y se sugirió que el fanzine era una cosa que quizá se hacía porque no se tenía más remedio: como que en el tarro de las alternativas, era el último orejón. Pero el Estado no subsidiaría nuestro fanzine a menos que dibujemos triunfales nestornautas a los fines de eternizar Néstors o Cristis.
 ¿Qué gracia tiene un fanzine que no sea libre como el viento?
 No sería un fanzine, sería un flanzine.

4 comentarios:

Malosetti dijo...

Los felicito, muchachos. Esa abrochadora parece de muy buena calidad. Supongo que la gente debe apreciar un fanzine bien abrochado. Recuerdo el primer fanzine que hice con unos pibes del colegio secundario, sobre Charles Mingus y con la tablatura del tema del Inspector Gadget. Lo mejor eran unas tiras cómicas sobre un bajo eléctrico que hablaba. Tenía ojitos, boca, todo. Y su novia era una guitarra flying V. El bajo en un momento se enojaba con ella y le rompía todas las cuerdas. Y vino el padre de ella, que era una guitarra de concierto del siglo XIX. Y el bajo (se llamaba "Polma") le saltó arriba como veinte viñetas le saltó arriba, lo hizo moco, astillas lo hizo. Y cuando llegó la ambulancia luthier, poco y nada pudieron hacer. Nos reíamos como locos con esa mierda, creo que aspirábamos marcadores indelebles o algo así y cuando nos pudríamos de escuchar jazz poníamos los cassettes de Tangalanga. Y después empecé a hacer slap y todo eso y se pudrió todo.

Pity Álvarez dijo...

Los verdaderos abrochados somos nosotros, que pagamos la suculenta suma de $0,00 por un pasquín pornográfico, hermético y a la vez con guiños a la cultura popular, como si aspirara a la Alta Cultura a la cual, por momentos, cita, del mismo modo que mi amigo Javier -con el cual disiento- aspiraba marcadores indelebles, y Keith Richards, paternas cenizas.
Pero, lo realmente imperdonable, más allá de todo ello es lo siguiente: haber terminado con el aura en la obra de arte, mediante la producción en serie.

Andy War_Hole dijo...

Muchachos, el arte no es una pieza única e irrepetible, es ponerse pelucas y posar travestido, es la Coca-cola, la latita de sopa, el caldito kodámico, un video de cuatro horas de una chica mascando chicle... el chabón del mingitorio subió muy alto el listón del chamuyo. Desde entonces, el arte se rebela ante lo que se venía entendiendo como arte -la obra única e irrepetible que capta y cristaliza el alma del artista en un momento único e irrepetible-. Es por ello que hasta una mersa tira cómica como Le chic a ver putonen puede triunfar, máxime en un mercado de pacotilla como el del pueblo argelino, o donde caranchos sea que viven los tipos esos. Para mí, eso no es América. América es lo que hay entre México y Canadá. Ustedes limitensé a aspirar marcadores indelebles y a comprar espejitos. No sé ni para qué me gasto, hablarles a ustedes de arte serial es tirarle margaritas a los chanchos. ¡Ay, se me ocurre un happening! (o como dicen ahora, una instalación). Me voy a concretar esta divina inspiración, chau, chau, ¡chaaauuuuuuuu!

manzana dijo...

América para los americanos